Si hay algo que me molesta enormemente por encima de todo son las personas que no saben decir que no. Personas que te marean, que te hacen dar vueltas, que no valoran ni tu tiempo ni tu esfuerzo y que en muchos casos ponen a prueba tus límites por no saber pronunciar dos letras mágicas que tanto significado tienen y que tanto cuesta pronunciar, N-O.

Al igual que aprendemos a hablar, escribir, montar en bicicleta, conducir o a cocinar, creo que es necesario enseñar desde pequeño a decir no y que esto no provoque ni un trauma ni nos haga creer que por decirlo somos mejores o peores personas. Aprender a decir no, a ser asertivos y sobre todo y por encima de todo a ser empáticos con los demás y valorar el recurso más valioso con el que contamos hoy día, el tiempo.

Son muchas las situaciones, tanto personales como profesionales, donde nos encontramos ante este tipo de personas que, de forma consciente o inconsciente, juegan con nuestro tiempo y en muchos casos con nuestros recursos, por el simple hecho de nos ser capaces de posicionarse ante una situación y decir que si o que no, asumiendo todas las consecuencias.

Si nos centramos en el entorno laboral, y sobre todo aquellos profesionales que se dediquen a la consultoría y a la formación me entenderán, sabemos que son muchos los clientes que nos piden presupuestos o propuestas y que una vez haces tu trabajo y contactas con ellos para presentárselas, pese a ser conscientes de que finalmente no van a realizar el trabajo, siguen solicitándote modificaciones y mejoras para un trabajo que no van a realizar y que además ellos lo saben.

¿Son conscientes estas empresas o profesionales de la cantidad de recursos y esfuerzos que se necesitan para realizar una propuesta medianamente profesional?, donde para poder valorar el trabajo que hay que hacer hayas tenido que documentarte, solicitar referencias, visitar incluso el centro de trabajo, etc. Quiero decir con esto, que lo que me parece un poco desleal y poco profesional es hacer a un equipo de profesionales reunirse tres, cuatro y hasta cinco veces para finalmente decirles que no, cuando además sabes desde la reunión número 1 que el trabajo no se va a hacer. Aunque claro, en todas estas reuniones los clientes han ido obteniendo información de cómo haces tu trabajo o los procesos creativos que han dado como resultado las mejoras o cambios que te hubiera gustado realizar para cambiar la problemática que tienen. A esto, señores y señoras, se le llama robo de ideas y uso fraudulento del trabajo de los demás.

Puede parecer que el tono denota cierto enfado, y quizás sea así, pero lo que quiero transmitir con estas letras es que vivimos en una sociedad que valora poco el trabajo de los demás y donde quizás sea necesario enseñar en las universidades y escuelas de negocios que además de saber de economía, contabilidad y legislación, para llevar una empresa o un departamento de cualquier organización es necesario aprender valores y ética profesional. Una combinación de ambas permitirá ser un poco más profesionales a aquellos que piensan que eso lo da una corbata y un despacho con vistas.

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